Aunque se registran avances en países como Chile, Brasil y México, América Latina no logra cerrar la brecha entre inversión en innovación e impactos concretos según el último informe de la OMPI.
El reciente Índice Global de Innovación (IGI) 2025 —publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI)— ubica a Chile como la economía más innovadora de América Latina, desplazando a Brasil del primer puesto de la región.
Chile ocupa la posición 51 global, gracias a su solidez en matrícula terciaria, capitalización bursátil e inversión extranjera directa. También destaca en infraestructura de telecomunicaciones, incluida la cobertura 5G, y otras métricas relacionadas con acceso tecnológico.
Brasil, aunque bajó del primer al segundo lugar regional, continúa destacándose en producción de conocimiento y tecnología, así como en producción creativa.
México está tercero en América Latina, manteniendo fortalezas en manufactura avanzada, exportaciones de bienes tecnológicos y comercio. Sin embargo, también experimentó descensos en algunos puestos globales.
Retraso general de la región
A pesar de los esfuerzos en educación, infraestructura e inversión en I+D, la región sufre una persistente brecha insumo-producto: muchos países logran invertir en los insumos que sostienen innovación (educación, investigación, infraestructura), pero los resultados (patentes, productos innovadores, escalabilidad empresarial, exportaciones tecnológicas) no crecen proporcionalmente.
- Uruguay, Colombia y Costa Rica aparecen con desempeño destacable en ciertos indicadores como instituciones, infraestructura, emprendimiento tecnológico o exportaciones de bienes-creativos.
- Otros países con resultados más modestos: República Dominicana, El Salvador, Panamá, Perú, Argentina, entre otros, muestran debilidades especialmente en la transformación de inversión en resultados tangibles.
El IGI 2025 deja claro que América Latina tiene el potencial para avanzar con mayor rapidez en innovación, pero que ese avance requerirá acciones concretas para cerrar la brecha entre inversión e impacto. Países como Chile muestran que políticas coherentes pueden producir resultados visibles, mientras que otros deben reforzar institucionalidad, cooperación y eficiencia para no quedarse rezagados.
Los desafíos estructurales radican en fortalecer los vínculos entre academias, universidades, asociaciones civiles, sector privado y gobierno para generar innovación efectiva; mejorar el entorno institucional, así como acceso al financiamiento para proyectos científicos y emprendedores; fomentar políticas públicas de largo plazo que promuevan la educación científica y tecnológica desde etapas tempranas.
